Hay una idea muy arraigada sobre la memoria: creemos que recordar consiste en abrir un cajón, sacar una experiencia y volver a guardarla exactamente igual. La psicología lleva décadas demostrando que ocurre justo lo contrario: cada vez que recordamos, reconstruimos y cada reconstrucción modifica, aunque sea ligeramente, el recuerdo que tendremos la próxima vez. De esta manera, nunca recordamos el acontecimiento original, recordamos la última versión que construimos de él.
Otra falsa creencia respecto a la memoria consiste en creer que revivir un recuerdo una y otra vez conserva mejor la experiencia cuando lo cierto es que ocurre precisamente al contrario: cuanto más la recordamos, más oportunidades tiene esta experiencia de transformarse.
A veces desaparecen detalles negativos; otras veces se exageran. En ocasiones embellecemos el pasado y otras lo endurecemos. No siempre porque queramos hacerlo, sino porque nuestro cerebro prioriza aquello que hoy resulta útil para dar coherencia a nuestra historia personal.
La investigación actual habla de un proceso conocido como reconsolidación de la memoria. Cuando un recuerdo se reactiva, durante un breve intervalo vuelve a un estado relativamente flexible. En ese momento puede incorporar información nueva, reinterpretaciones, emociones presentes e incluso detalles que no formaban parte de la experiencia original. Después vuelve a estabilizarse, pero ya no es exactamente el mismo recuerdo.
Por eso dos hermanos pueden discutir durante años sobre cómo ocurrió una misma comida familiar. No es que uno mienta. Es que ambos han ido editando su recuerdo en direcciones diferentes.
Quizá lo más sorprendente de la memoria sea la perspectiva desde la que recordamos. Si bien hay recuerdos que revivimos desde nuestros propios ojos y nos parece que volvamos a estar allí, hay otros donde nos contemplamos desde fuera, como si una cámara estuviera situada unos metros detrás de nosotros (evidentemente es una escena imposible porque jamás pudimos vivir aquel momento desde ese ángulo, pero nuestro cerebro no tiene ningún problema en construir esa imagen).
Las investigaciones muestran que somos capaces de alternar entre una perspectiva en primera persona y una perspectiva de observador. No son simples diferencias visuales: cambian la experiencia emocional del recuerdo. En muchos casos, vernos desde fuera reduce la intensidad emocional, como si nuestro cerebro aumentara la distancia psicológica respecto al acontecimiento. Es, en cierto modo, una herramienta de regulación emocional.
Pero esa ganancia tiene un precio. Cuando aumentamos la distancia, solemos perder riqueza episódica. Los pequeños detalles tales como la temperatura del aire, un olor concreto o una frase exacta empiezan a difuminarse. El recuerdo se vuelve más narrativo y menos sensorial. Sería como sustituir un vídeo en alta definición por un resumen.
Como ya he mencionado antes, el recuerdo se ve influido también por el estado anímico actual. Si una persona está deprimida, por ejemplo, esto influirá de forma significativa en sus recuerdos: la depresión no solo cambia cómo nos sentimos, cambia también cómo recordamos. Así, cuando llevamos unas “gafas” con las que reconstruimos el pasado empañadas por la depresión nuestro cerebro no accede a un archivo objetivo de los hechos sino que reconstruye el recuerdo utilizando la información emocional disponible en ese momento. Si esa información está dominada por la tristeza, la desesperanza o la culpa, es mucho más probable que el recuerdo termine adquiriendo esos mismos matices. Por eso muchas personas con depresión tienen la sensación de que “siempre he sido así”, “nunca fui realmente feliz” o “mi vida ha estado llena de fracasos”. No es que estén mintiendo ni que su memoria haya desaparecido. Es que la reconstrucción del pasado está sesgada por el estado emocional presente.
La psicología cognitiva denomina a este fenómeno memoria congruente con el estado de ánimo. Cuando estamos deprimidos, los recuerdos tristes, las pérdidas, los errores y las decepciones son más accesibles (funcionamos mediante asociaciones y, cuando estamos tristes, nos vienen a la consciencia recuerdos en los que también nos sentimos tristes para de alguna manera exacerbar ese sentimiento). En cambio, los momentos de alegría, orgullo o conexión con otras personas resultan más difíciles de recuperar, como si hubieran quedado ocultos tras una niebla.
Además, los recuerdos autobiográficos suelen hacerse más generales y menos específicos. En lugar de recordar una tarde concreta en la que nos sentimos queridos, recordamos una conclusión: “nadie me ha querido nunca”. El cerebro sustituye episodios por resúmenes y esos resúmenes suelen ser mucho más duros con nosotros que la realidad vivida.
Lo más llamativo es que, al volver a recordar esos episodios desde ese estado depresivo, también podemos modificarlos durante la reconsolidación. Sin pretenderlo, añadimos más culpa, más desesperanza o más sensación de fracaso. La siguiente vez que los recordemos, partirán ya de esa versión ligeramente alterada. Así nos hallaremos en un círculo que puede reforzar el propio episodio depresivo.
Por eso, cuando una persona sale de una depresión, muchas veces se sorprende al revisar fotografías, diarios o conversaciones antiguas. Descubre que hubo muchos más momentos de bienestar de los que era capaz de recordar durante la enfermedad. No es que esos momentos hubieran desaparecido. Simplemente, el cerebro había dejado de acceder a ellos con facilidad.
A modo de conclusión, nuestra memoria es un narrador cuyo relato está influido por el momento desde el que cuenta la historia. Cada vez que recordamos fabricamos una versión del pasado que tenga sentido para la persona que somos hoy.
Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes de la psicología moderna: cuando cambiamos profundamente como personas, también cambia la historia que creemos haber vivido. No porque el pasado se haya modificado, sino porque quien lo recuerda ya no es exactamente el mismo.